jueves, 20 de agosto de 2015

Libertad total

“El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” Pr 28:13
El pecado produce tal efecto que pareciera que nos vuelve a meter detrás de las rejas de la celda que el mismo Señor había abierto con una llave llena de sangre.
El diablo en su astucia, siempre está intentando sacar ventaja sobre nosotros con sus maquinaciones (2 Cor 2:11); pecamos y nos habla y recuerda a cada instante nuestro pecado. Llena nuestra mente de culpabilidad cuando TODOS nuestros pecados ya quedaron para siempre clavados y perdonados en aquella cruz.
A medida que el pecado vuelve a enseñorearse de nosotros entramos y salimos de la celda una y otra vez, cuando, irónicamente, esa celda está completamente abierta y sin llave. Sin embargo hay una diferencia y es que el tiempo del veredicto de la condena es el que nosotros mismos marcamos conforme al tiempo que “encubrimos” nuestros pecados, de esa forma, como dice el versículo “nunca prosperaremos”. Terminamos siendo nuestros propios jueces cuando ya fuimos juzgados y absueltos por la sangre de Cristo. ¿Quién nos condenará? ¡NADIE! Si, Cristo es el que intercede por nosotros (Rom 8:34).
Pablo nos exhorta a: “Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud” Gálatas 5:1“Ya no somos esclavos, sino hijos” (Gálatas 4:7). No tenemos porque estar ocupando un lugar que ya no nos pertenece. La verdad nos hizo libres” (Juan 8:32), “Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:36). Nuestra libertad no es una libertad condicional sino que es una libertad total y verdadera, pero con un detalle a tener en cuenta y es que fuimos llamados a libertad; pero no para usar esa libertad para dar rienda suelta a las pasiones de la carne (Gálatas 5:13)
¿De qué te sirve encubrir tu pecado si los ojos de Dios llegan hasta lo más intimo de tu corazón?. El sabe si estás sufriendo, y lo sufre con vos. Te espera con los brazos abiertos a que le cuentes y le confieses lo bajo que caíste para levantarte. La sangre de Jesucristo sigue siendo eficaz y nos limpia de todo pecado. Y aunque fuéremos infieles él sigue siendo fiel.
Simplemente exponé tu pecado ante Dios, confesálo y apártate de aquello. Viví la libertad que Cristo ganó con su propia sangre. El Señor te dice: “¿Alguien te condenó?, “ni yo te condeno, vete y no peques más.” Juan 8:11

D.A.K.

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